sábado, 5 de enero de 2019











Nuestro enemigo
sin dientes.

 "13 Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, 14 anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz". Colosenses 2:13-15

La razón por la que estar unido a Cristo supone una gran diferencia para el que cree, es que Él consiguió un triunfo decisivo sobre el diablo en la Cruz. No eliminó a Satanás del mundo, pero lo desarmó hasta el punto de que su arma de condenación le fue arrebatada de las manos.

El diablo ya no puede acusar a los creyentes de pecados que estén sin perdonar, y por eso no los puede arruinar totalmente. Puede herirlos física y emocionalmente, o incluso matarlos. Puede tentarles e incitar a otros contra ellos, pero no puede destruirlos.

El triunfo decisivo de Colosenses 2:13-15 se debe a que "el acta de los decretos que nos era contraria" fue clavada a la cruz. El diablo utilizaba ese acta como su principal acusación contra nosotros, pero ahora no tiene ninguna acusación sólida. No tiene capacidad para hacer lo que más querría hacer: condenarnos. No puede porque Cristo llevó nuestra condenación. El diablo está desarmado.

Otra forma de decirlo es la que está en Hebreos 2:14-15: "[Cristo se hizo humano] también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre".

La muerte sigue siendo nuestra enemiga, pero ya no tiene dientes. El aguijón de la muerte, que era el pecado, se ha ido. El poder condenatorio del pecado estaba contenido en las demandas de la ley. Pero gracias sean dadas a Cristo que cumplió las demandas de la ley (ver 1 Corintios 15:56-57).


JP



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